Por Pedro Fernández Barbadillo – gaceta.es

La campaña de las izquierdas en Madrid, tanto los políticos como los tertulianos, repite la misma consigna que las anteriores: “¡que viene el fascismo!”. A este repetitivo lema ha unido otros dos: Ayuso es Trump (se ha despojado a Vox de esa condición) y los barrios obreros tienen que votar para evitar que les gobierne el barrio de Salamanca.

En unas elecciones, antes que las circunscripciones, la fórmula D’Hondt, los eslóganes y el voto por correo, es más importante la participación. El PSOE, Más Madrid, El País, Podemos, la SER, Público y La Sexta lo saben y por eso han lanzado una campaña para movilizar a los abstencionistas. Y es cierto. En las elecciones regionales de 2019, la participación en Usera y Puente de Vallecas fue del 57-58%, casi 20 puntos menos que en Retiro y Salamanca. En Parla, votó el 58% del censo; en Leganés el 66%; en Majadahonda, el 72%; y en Pozuelo de Alarcón, el 75%.

La explicación que dan las izquierdas se centra en la diferencia de renta, otra muestra de su clasismo. Los pobres son tan tontos y tan incultos que no saben que sus problemas de precariedad, desahucios y enfermedades se solucionan votando a los políticos que levantan el puño en los mítines. Por eso, éstos protestaron por la elección de un día laborable para las elecciones, cuando ignoran que en el Reino Unido, la democracia parlamentaria más antigua del mundo, las elecciones a la Cámara de los Comunes se celebran los jueves y que la ley española autoriza los permisos para votar retribuidos.

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En vez de conspiraciones maquinadas en despachos para entorpecer a la izquierda su merecidísimo ascenso al poder, ésta debería preguntarse por qué en Madrid, donde no existen alteraciones como los movimientos separatistas de Cataluña, Navarra y Vascongadas, y donde ella controla la mayoría de los medios de comunicación, incluida la televisión que depende de un supuesto Gobierno de centro-derecha (con una audiencia raquítica, por cierto), y donde los contrastes entre los barrios ricos y pobres son inocultables, las clases populares no votan a los partidos que pretenden representarla.

Universitarios contra trabajadores

Y las respuestas son las mismas que se han dado en EEUU, Suecia, Alemania, Italia, o Francia. Otra cosa es que con su hinchada superioridad moral los politólogos y los tertulianos progres se niegan a escucharlas. Resumámoslas para nuestros lectores: los universitarios que ocupan las cúpulas de los partidos de izquierdas hacen programas y propuestas que no interesan a los vecinos trabajadores de Vallecas, Móstoles o Torrejón de Ardoz.

Las últimas leyes aprobadas por el bloque de izquierdas que apoya al Gobierno de Pedro y Pablo (más el mercenario racista del PNV) son las correspondientes a la eutanasia y el cambio climático; y se está tramitando la llamada ‘ley trans’. ¿Y cuáles son los problemas que preocupan a las clases populares? Un paro oficial que rebasa los cuatro millones; docenas de miles de españoles y extranjeros pidiendo comida en las colas de Cáritas; el desempleo juvenil del 40%; el aumento de la delincuencia causada por inmigrantes ilegales que, encima, reciben subsidios de las Administraciones; la angustia ante la desaparición de la nación española (por el separatismo y la inmigración); la amenaza de empobrecimiento por la digitalización y el Covid-19; etc. Para esta gente, que la Ley del Cambio Climático proponga un cambio de dieta alimenticia para salvar el planeta supone un insulto, como las subvenciones para la compra de coches eléctricos constituyen un capricho de ricos.

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Por tanto, los vecinos de Puente de Vallecas y Carabanchel o no votan porque no se identifican con Podemos y el PSOE, aunque algunos de sus candidatos lleven coleta o sean manteros, o bien lo hacen por aquellos partidos que les hablan de sus preocupaciones, que sólo son VOX y, en ocasiones, el PP de Madrid.

Las izquierdas españolas no pueden pedir la limitación de la inmigración ilegal o la entrada de tomates y naranjas africanas porque les supondría enfrentarse con sus patrocinadores, al igual que en EEUU el Partido Demócrata se ha convertido en el ‘partido de la oligarquía’. Los candidatos de izquierdas están tan vinculados a los ricos que Pablo Iglesias trata de movilizar votantes con el grito de evitar que sea “el barrio de Salamanca” el que decida las políticas educativas y sanitarias en el sur. Aparte del fomento del odio social que hace, Iglesias oculta que quienes gobiernan Madrid y España entera no residen en el barrio de Salamanca, sino en La Moraleja, en La Finca de Pozuelo… y en Galapagar.

En un perfil escrito por ese periodismo felpudo que cada vez abunda más, el redactor elogiaba a Pablo Iglesias con las siguientes palabras: “vuelve a Madrid, a los barrios”. El meollo es el verbo ‘volver’, que indica que el excelentísimo señor se fue de esos barrios a los que tanto ha elogiado y regresa a ellos sólo para pedir el voto y marcharse de nuevo a su chalé con piscina y niñera enchufada en el Ministerio de su compañera. 

Semejante contradicción (que en realidad oculta el desprecio a esos vecinos, a los que se trata como bobos) ilustra el declive de la izquierda en general y de Podemos en particular mucho más que cualquier Excel de votaciones por mesas electorales.

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